Un Viaje de Amor y Esperanza

Yo tuve... hiperemesis gravídica

Descubre la historia de Elisabeth, en la que comparte su experiencia durante el embarazo con hiperemesis gravídica.

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Elisabeth Torras Gestor Web

Elisabeth Torras Gómez

El 23 de junio de 2023 me hice un test de embarazo. Llevábamos meses intentándolo. Para mí el día 23 siempre había sido especial: la verbena de San Juan. En mi cabeza sonaba la frase: “el cava en la nevera y las penas a la hoguera”. Pasara lo que pasara, iba a estar bien. Pero ese año no iba a haber cava… ¡estaba embarazada!

Pasados unos días, ya no me encontraba bien. Tenía náuseas continuas y vomitaba a diario. Aun así, lo sobrellevaba con la ilusión de ese bebé, de formar una familia, de hacerme fotos con la barriga creciendo, de compartir esa felicidad con las personas que quiero. Sin embargo, muy pronto empeoré. Los vómitos se volvieron constantes. Me subieron la medicación, pero nada funcionaba. Llegó un momento en que ni siquiera podía tragarme las pastillas sin devolverlas.

A mi alrededor me repetían que era normal, que “todas las embarazadas vomitan”. Mi madre había pasado algo parecido. Los vómitos fueron a más y llegué a vomitar sangre. Algunos días vomitaba más de 20 veces. Mi marido, buscando por internet, me dijo: “ya sé lo que tienes, te pasa como a Kate Middleton, es hiperémesis gravídica”.

Fui a urgencias. Una doctora me dijo que ella había vomitado todos los días de su embarazo, había trabajado hasta el final y que yo tenía que aprender a vomitar y seguir con mi vida. Así que intenté aguantar, pero muchos días no podía hacer nada, ni siquiera ducharme sin ayuda. Solo una vez me derivaron al hospital para ponerme suero, aunque ahora sé que con más apoyo lo habría pasado mucho mejor.

Poco a poco, hacia la segunda mitad del embarazo, mejoré algo, pero seguí vomitando todos los días hasta el final. Me sentí muy sola, aislada dentro de mi propio cuerpo, con miedo constante por cómo estaría mi bebé. Esta enfermedad te roba lo cotidiano: tu vida social, tu capacidad de trabajar, incluso el gesto más simple de levantarte de la cama. Llegué a escuchar comentarios de profesionales que me hicieron dudar de mí misma, como si todo fuera algo “psicológico” que yo me había generado.

Me recuerdo en la cama, sintiéndome “desaparecer”, haciéndome pequeña. Solo podía centrarme en respirar, ni muy fuerte ni muy flojo, lo justo para intentar frenar la siguiente arcada. Llevaba bolsas de plástico a todas partes, porque el propio bol donde vomitaba al principio ya me provocaba náuseas. Intentaba esforzarme por hacer cosas, pero cualquier esfuerzo se convertía en castigo: más vómitos, más culpa por mi bebé, más sensación de no estar haciendo suficiente.

Casi al final del embarazo descubrí en Instagram un grupo de Whatsapp de apoyo para mujeres con HG, Hiperguerras. No me lo podía creer: ¡más como yo! Encontré mujeres que estaban pasando lo mismo, y otras que ya lo habían superado y compartían ánimo y “trucos” para sobrellevarlo. Aquello fue fundamental: me sentí comprendida, acompañada y sostenida en las últimas semanas. Lloré tanto al leerlas… No estaba loca, no era cosa mía.

Y cuando di a luz, todo terminó de golpe. Se acabaron las náuseas, los vómitos, el miedo a comer y desencadenar otro ataque, el miedo constante a no darle suficiente a mi bebé. No podía creérmelo: volvía a ser yo. Volví a tener las mismas ganas de vida que antes de estar embarazada. Levantarme cada mañana sin náuseas me parecía un regalo.
Aun así, le dije a mi marido que no habría un segundo bebé, que no podría volver a pasar por eso.

Pero con el tiempo lo replanteamos. Siempre había querido una familia numerosa, había salido una nueva medicación que a algunas chicas del grupo les estaba funcionando, y yo ahora ya sabía lo que era: sabía que se podía sobrevivir y tenía más herramientas y apoyo para enfrentarlo. La ilusión por otro hijo nos empujó a dar el paso.

Faltaba una semana para que me viniera la regla y empecé a vomitar. El olor del pan recién hecho me mandó directa al baño. El corazón se me aceleró porque yo ya conocía esa sensación. Me hice un test precoz de embarazo: negativo. Pero yo ya lo sabía. Eran vómitos esporádicos, pero intensos. Tres días después, una línea finísima confirmó lo que mi cuerpo ya me había dicho: estaba embarazada otra vez y lista para hacerle frente a la HG… o eso pensaba.

En este segundo embarazo me encontré mucho peor. Vomitaba sin parar, incapaz de comer o beber, ni siquiera podía tragar mi propia saliva. En la semana 10 ingresé, y esta vez era muy consciente de la carrera de fondo que tenía por delante. Pasé 85 días en el hospital, con una PICC. Estuve al límite física y emocionalmente. Siempre recordaré un día en que mi marido vino a verme al hospital, me miró y me dijo: “realmente queremos mucho a este bebé”.

En el hospital recibí ayuda, pero también incomprensión y comentarios que me hicieron sentir culpable, como si no mejorar dependiera de mi voluntad. Aunque sabía que no era verdad, el camino fue durísimo: miedo, lágrimas y soledad, lejos de mi hijo mayor y de mi marido. Al final pedí el alta porque ya no podía más con el trato que estaba recibiendo.

Una vez fuera, aún me quedaba mucho camino y la HG no terminaba de darme tregua. Pero tuve mucha suerte con el acompañamiento de Judit. Me sentí escuchada, me creyó y me ayudó a buscar soluciones. Gracias a ella pude entender mi estado, reconciliarme con mi realidad y seguir adelante. El día del parto fue la última vez que vomité. Lo había conseguido otra vez.

Hoy tengo a mis dos hijos conmigo. Sé que la HG me ha dejado huella, pero también me ha enseñado cosas que nunca olvidaré: a ser más empática y a juzgar menos, a valorar la salud y disfrutar de los míos, a relativizar, a soltar lo malo y abrazar lo bueno, a agradecer, a darme tiempo para sanar las heridas, y a entender que soy mucho más fuerte de lo que nunca imaginé.

A otra mujer que ahora mismo atraviese la HG le diría que no está sola, que no es su culpa y que no es débil. Que la soledad y la incomprensión hacen mucho daño, tanto como los síntomas físicos. Que encontrar a otras mujeres que lo entienden cambia por completo la experiencia: el apoyo salva. Que tener a profesionales que te escuchan, acompañan y ayudan es fundamental, y cuando no, es mejor cambiar. Que se puede detestar el embarazo y querer mucho a tu bebé. Que aunque parezca interminable, llega un día en que se acaba. Y que cuando lo mire desde la otra orilla, sabrá que ha hecho algo heroico.

 

 

 

Doctora Judit Jaramago:

La hiperémesis gravídica es una patología del embarazo que afecta entre un 0.5-2%. Hay que diferenciarla de los vómitos puntuales del embarazo que pueden ocurrir hasta en 9 de cada 10 mujeres embarazadas.

La hiperémesis gravídica tiene que ser diagnosticada y tratada por el obstetra en colaboración de nutricionistas y con el soporte hospitalario en los casos más graves como ha explicado Elisabeth.

Llegar al diagnóstico, proponer el mejor tratamiento y acompañar emocionalmente a estas pacientes es básico. Te invito a leer el siguiente artículo relacionado del blog:

Náuseas y vómitos en el embarazo. Hiperémesis gravídica

Y a visitar el IG @hiperemesisgravidica donde podrás tener información y unirte a un grupo de mujeres con esta patología que puede ser de gran ayuda si estás con hiperémesis.

También puedes ver el vídeo del capítulo 1 “Yo tuve….” donde tratamos este tema con Elisabeth.

 

Si necesitas ayuda o asesoramiento por mi parte (Dra. Jaramago), también puedes pedir visita presencial u online aquí.

 

 

Doctora Judit Jaramago
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